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dilluns, 4 de juny de 2007

El viaje a ninguna parte


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Y sin premeditación ni alevosía, una mañana calurosa y soleada, un tren apareció detenido por sorpresa en el andén de la estación de mi existencia.
Quise ignorarlo, pero me fue imposible.

Tampoco fue fácil decidir qué hacer, pero debía ser una elección rápida porque el tiempo no se detiene ni en los instantes más cruciales, al contrario, es entonces cuando parece transcurrir a más velocidad, y el tren no iba a permanecer allí estacionado toda una eternidad.

Cerré los ojos y aun sin importarme su destino, opté por subirme a él, con mis sueños e ilusiones como único equipaje.
“Siempre estarás a tiempo de apearte”, me dije.

No huía de nada, ni de nadie, ni tampoco fue el espíritu de aventura el que me impulsó a tomarlo. Tan sólo seguí el instinto y el deseo que en aquellos momentos sentí, sin más planteamientos.

Tomé asiento y el convoy no tardó en empezar a deslizarse por los raíles que lo soportaban.
Desde el principio del viaje tuve la oportunidad de contemplar maravillosos paisajes, vivir situaciones y experiencias inéditas, conocer a personas muy diferentes con las que compartir buenos y malos momentos. Personas con las que hablar, reír, cantar y también llorar.

El tren jamás se detenía por espacios de tiempo demasiado prolongados, por lo que el viaje al destino desconocido se hacía ameno y entretenido.

Pero al tiempo, el tren comenzó a detenerse más a menudo y por más tiempo y apenas si fueron quedando pasajeros con los que relacionarse, y un sentimiento de soledad y tristeza se fue apoderando de mí.

Fue entonces cuando, una tarde fría y gris, sintiéndome como la llama de una vela que toca a su fin, empecé a preguntarme qué estaba haciendo en él, mientras se dibujaba ante mi ventana un paisaje que me resultó terriblemente familiar.

A partir de ese momento, presté toda mi atención y pude descubrir como el tren en el que viajaba daba vueltas en círculo, comprendiendo al instante que estaba, en realidad, rodando a ninguna parte.
Hubo quien se había percatado de ello con anterioridad y lo había abandonado en silencio.

Y decidí que yo debía hacer lo mismo si no deseaba terminar víctima del dolor y la angustia que me provocaba el sufrimiento, y que ya estaban haciendo profunda mella en mí.
Debía apearme cuanto antes de él y para ello ni siquiera podía esperar a que mi tren se detuviese en alguna estación de enlace, porque hay decisiones que una vez tomadas no permiten dilación.
Sin vacilaciones me dirigí a la plataforma, abrí la puerta y salté.

Sin despedidas, sin palabras, ni agradables ni ásperas.

El golpe fue duro, muy duro, pero he sobrevivido a él.

Y no, no pienso que haya sido un viaje en balde, pero ahora debo cribarlo en mi mente para quedarme sólo con lo aprendido, sólo con los buenos recuerdos, sólo con los buenos momentos, e intentar por todos los medios recuperar el equipaje perdido.