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Porque escoger es un derecho... o por lo menos debería serlo

dissabte, 7 d’abril de 2007

Destino: La Felicidad



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Aunque no podemos recordarlo, nuestra vida empieza justo en el momento en que somos engendrados en el útero de nuestra madre, cuando somos un minúsculo espermatozoide en libertad condicionada.

En ese momento somos los únicos conocedores de nuestra existencia y ni siquiera sabemos qué somos ni en lo que nos vamos a convertir.
Si lo supiéramos, quizá más de uno decidiría no pegarse la maratón por el corredor de la vida y ser como Hem, el liliputiense apalancado de “¿Quién se ha llevado mi queso?”*
Pero en ese momento somos ignorantes.
Somos máquinas programadas para correr túnel arriba... o abajo, a la búsqueda del globo mágico en el que hay que colarse y acomodarse en la que durante 9 meses pasará a ser la morada del primero que lo alcance, es decir, del ganador de la carrera.
Y esos ganadores hemos sido nosotros... entre millones.
Para algunos, la única carrera que ganarán en su vida.
Para otros es sólo el inicio, pero en ambos casos, cuando evolucionen, lucharan por conseguir lo mismo.
Una vez instalados, se pone en marcha el cronómetro de la vida, arrancando desde 0.
Es una pena no poder acordarnos de esa etapa porque esos 9 meses deben ser los más felices de nuestra supervivencia.
9 meses metidos en un flotarium a temperatura constante, donde no nos falta el alimento ni el oxígeno, dormimos cuando nos apetece, no debemos preocuparnos ni de horarios, ni de letras bancarias, ni del tiempo, ni de odios, envidias, mobbing’s, competencias, exigencias, negociaciones...
Nuestro único problema es que cada vez el espacio es más reducido.
Al fin un día las paredes de repente se contraen aplastándonos y nos desahucian, expulsándonos a este planeta llamado Tierra.
Por regla general todo el mundo está alegre por nuestra llegada... menos nosotros, pero como no sabemos hablar y luego olvidamos, no podemos manifestar nuestro enfado por tan dolorosa llegada: luces, azotes, voces, ruidos. Supongo que si pudiésemos recordar eso, eso sí sería un trauma psicológico para todos.

Sea cual sea la clase social de nuestra familia, seremos bebes felices, porque la ignorancia es la felicidad. Nuestro único trabajo será crecer y engordar.
Por fijar una fecha, podríamos decir que nuestros problemas empiezan en cuanto conseguimos ponernos en pie y echar a andar.
Todo el mundo comienza a fijarnos metas, y cuando no, nos las fijamos nosotros, aunque las nuestras suelen ser metas a destinos equivocados como escaleras, jarrones y todo tipo de material sensible. Entonces empezamos a descubrir las prohibiciones. Casi todos los lugares a los que deseamos ir o las cosas que deseamos alcanzar resultan prohibidos. Y pronto aprendemos esa palabra que tanto nos costará pronunciar unos años más tarde: “NO!”

Crecemos un poco más y nos llevan al cole, y sufrimos un abandono incomprensible por parte de nuestros padres, despertando en nosotros el sentimiento de inseguridad y soledad. Más tarde descubrimos que pasadas unas horas, vuelven a por nosotros y en unos días nos acostumbramos a la situación, aunque no por ello dejamos de estar esperando el momento en que alguien vendrá a por nosotros para sacarnos de allí.

Por si eso fuera poco, además de las pretensiones de nuestros padres, empiezan las exigencias por parte de nuestros educadores, y con ellas nuestras depresiones y malestares, con el único consuelo de pedir a los reyes magos lo que nuestros padres no nos conceden.
Crecemos con ese engaño que nos hace felices, hasta el día que los magos son desenmascarados y nos sentimos estafados porque, esos que nos dicen que no debemos mentir y nos castigan si lo hacemos, nos han estado mintiendo como bellacos durante años.

Y creciendo creciendo llegamos a la pubertad, y con ella, al trauma de la adolescencia, donde no entendemos a nadie y lo que es peor, nadie nos entiende. Nos sentimos como importados de otro planeta.

Deseamos que el tiempo pase pronto porque creemos que en cuanto nos libremos de esos que no nos comprenden para nada y nos lo prohíben todo, seremos felices.
Y mientras eso pasa, nos dedicamos a soñar soñando lo felices que seremos cuando acabemos los estudios y podamos hacer lo que nos apetezca, y encontremos a alguien a quien querer y con quien compartir.
Y acabamos los estudios y no podemos hacer lo que nos apetece porque como no encontramos trabajo, estamos sin blanca, y por si fuera poco, conocemos a alguien que acostumbra a partirnos el corazón… y deseamos morir.

Buscando buscando, encontramos ese empleo con el cual ganarnos el pan de la felicidad, y nos volcamos en él, y en ese nuevo novio que nos hemos echado, dejando de lado a la familia y a los amigos, y soñando ahora en lo felices que seremos cuando seamos adultos acomodados y formemos una familia.

Y cuando conseguimos ser adultos acomodados aumentan las obligaciones y responsabilidades.
Y llegan los niños, y con ellos las preocupaciones.
Crecerán, nos decimos.
Y crecen, y aunque deseamos comprenderles, nos es imposible entenderles y se convierten en una pesadilla que nos roba largas noches de sueño.
Creemos que cuando pasen esa etapa, todo será diferente y nos sentiremos mejor.

Y pasa esa etapa… y viene otra peor.

Nos abandonan y nos quedamos solos y preocupados, preguntándonos cuando llegaremos a la felicidad si los días que nos quedan para poder conseguirla son cada vez más escasos.

Y envejecemos, y como nuestros hijos están tan ocupados buscando el camino hacia la felicidad, no pueden ocuparse de nosotros y nos llevan a un geriátrico, provocando en nosotros la sensación de que hemos vivido una vida sin sentido.

Y entonces, disponiendo de todo el tiempo del mundo para pensar, analizar y reflexionar, tomamos conciencia de que las prisas por querer recorrer el camino hasta la felicidad no nos permitieron detenernos a contemplar el paisaje y empezamos a ver lo felices que fuimos en cada momento de la vida sin haberlo sabido apreciar ni valorar.

Ella siempre había estado ahí, sin habernos percatado.

Pero para cuando descubrimos que la felicidad no era un destino sino un trayecto, ya no podemos dar marcha atrás, porque la vida no da segundas oportunidades y nos pesa aun más nuestro error.

Es por ello que debemos saborear cada instante de nuestra vida.

Acostumbramos a amar a los que nos ignoran e ignorar a los que nos aman.

Deberíamos cambiar eso y aprender a valorar el hecho de despertar cada mañana, por hacerlo bajo un techo, el trinar de los pájaros en nuestra ventana, el poder disfrutar de ese amanecer único e irrepetible, el tener un empleo que nos permite vivir, el tener salud, aprender a dar gracias por esa familia que nos tocó en suerte, por la suerte de que nos tocase esa familia que además, nos quiere, por esos amigos que hemos ido encontrando por el camino de la vida, por esos tiempos que les dedicamos y que acostumbran a ser escasos, por esos reveses que nos da la vida y que nos enseñan a sacar lo positivo de lo negativo...

No hace falta prácticamente nada para ser feliz y absolutamente todo para no serlo.

La felicidad está en la libertad, en las pequeñas cosas, en una taza de café, en una canción, en un aroma, en un paisaje hermoso, en el volar de una mariposa, en la sonrisa de un desconocido, en un acantilado de vértigo o en una ola solitaria...
Sólo debemos saber elegir el color del cristal con que deseamos contemplarlo.


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*¿Quién se ha llevado mi queso? de Spencer Johnson, M.D.
ISBN 8495787091


- Cómo adaptarnos a un mundo en constante cambio
- Lo simple y lo complejo
- Partes de todos nosotros

En esta fábula, el autor se sirve de 4 personajes imaginarios: los ratones "Fisgón" y "Escurridizo" y los liliputienses "Hem y Haw", para representar las partes simples y complejas de nosotros mismos, independientemente de nuestra edad, sexo, raza o nacionalidad.


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